martes, 7 de septiembre de 2010

Pensando la vida: EL SUICIDIO DE LA IGUANA

Por las tardes me podía quedar horas contemplando el mar; mentiras, a cualquier hora. Aquella tarde fue especial. Era diciembre y había mar de leva, las olas grandes y veloces golpeaban con saña y sin tregua, inflamadas con el poder de la naturaleza, la pared de los patios que osaron dar la espalda a poseidón. Castigaban con empeño una tras otra, los montones de rocas amarillas que sin ingenio ni ciencia alardeaban de muro de contención. Ese día solo podían verse gracias a la espuma que tardaba un poco más en sus criptas hasta que las burbujas delataban su ahogo. La escena se antojaba violenta, asesina, al punto que ni los cachacos camioneros de marbella, conocidos por su arrojo ignorante, se hubieran atrevido a desafiar la bravura del caribe aquella tarde. Las ramas del almendro que tanto alivio prestaron a la muchachada durante la canícula regalándoles el cobijo necesario para imaginar los contenidos de los bikinis, ahora se mecían sumisas a merced los alisios, inclinándose sin dignidad ante los crespos enloquecidos de ese mar de nuestra historia. De repente, de una de ellas algo saltó, cayó fuerte, e imaginé el grito de un planazo de remo sobre las aguas. El ronco bramido del oleaje no admitía competencia. Seguí con éxito al pequeño saurio que hacía rato había olvidado sus verde y exhibía un gris sucio, arrugado por los años de sol y de luchas eróticas tal vez, sugeridas por la ausencia de varios, quizá muchos de los dientes de su peine dorsal. Nadaba con terquedad a contrapelo, y su enjundia luchaba con la corriente que amenazaba partir el animal por la mitad zarandeando su cabeza y cola en direcciones opuestas. El resto de la escena desapareció hasta cuando la vieja iguana se perdió en la orgía de vientos, olas y espumas. Apenas entonces comprendí que el reptil no quería vivir, nunca nadó hacia la playa, alguna pena le había robado el instinto y escogió morir con la misma ferocidad que el mar que la engulló.

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