viernes, 3 de septiembre de 2010

PENSAMIENTOS

                                                                                              I



La profundidad de la reflexión es directamente proporcional a la distancia de los hechos. Se necesita una mirada tranquila sobre los recuerdos, sin la neblina de los apuros y sin el agobio de la realidad. Los recuerdos van maquillando los hechos, enfatizando lo gratificante y sometiendo lo demás al olvido que nos permite vivir con menos vergüenzas.


                                                                                              II
Los amantes dicen muchas tonterías, pero su máxima estupidez consiste en ponerle cota al amor de los demás. “Nadie te podrá amar más que yo”. Además de presumidos pretenden cercenar la capacidad de que otro amante despierte en ella lo que él despertó en su tiempo.


                                                                                             III
La autoestima muy elevada puede verse vulgar, pedante, liviana o ignorante en los jóvenes; pero en un viejo sólo demuestra que no aprendió nada de la vida.


                                                                                             IV
Las rutinas requieren muy poco trabajo mental y el cerebro se acostumbra a la vagancia, se engorda, destila grasa, pierde la sutileza.
En el principio de su vida, grandes pensadores han propuesto ideas originales, luego se empecinan en la misma línea de trabajo y terminan diciendo tonterías que algunos periodistas convierten en grandezas. Hay que saber ver el final de los ciclos. Así como los aires nuevos, proyectos diferentes obsequian al espíritu con oxigeno puro. Hay que dejar que otros construyan sobre lo inconcluso.

                                                                                              V
He visto con frecuencia que cuando alguien vislumbra una conducta como admirable o valiente en otros y se siente incapaz de imitarla o superarla, opta por ridiculizarla
                                                                                              VI
Repetirse durante toda la vida - la maldición de la mayoría - reduce el espíritu a la tranquilidad propia de las almas mustias, de los espíritus débiles.
                                                                                              VII
Cuando alguien se pregunta por la causa de sus males es porque no quiere saber la respuesta verdadera.

                                                                                              VIII
El rito de los sepelios me parece difícil de sostener racionalmente. El cadáver, sepultado o no, ya no es la persona amada o conocida; entonces, ¿porqué rendir honores a sus despojos? Confundimos los recuerdos con los objetos que se asocian a ellos. ¿No sería mejor hacer los honores a los hermosos recuerdos que representan los mejores momentos, y disponer higiénicamente de los cuerpos muertos?
Es definitivo. Ordeno la cremación de mi cadáver, ahora que puedo.
                                                                                               IX
Es inevitable que el tiempo pase cuenta de cobro a los cuerpos, y aunque es también inevitable pagarlas, lo mejor es asumir el costo sin lamentos inútiles e indignos. De cualquier manera nos vamos muriendo por cuotas, como si quisiéramos acostumbrarnos poco a poco a la desaparición. Por eso la muerte de los viejos que vivieron a plenitud, puede llegar a convertirse casi en una caricia. Por el contrario la muerte de los jóvenes, y más si es repentina, siempre parecerá absurda.
                                                                                                X
Cualquier fe no es más que un producto del miedo.

LIBERTAD

Siempre me ha costado la certeza del camino apropiado y conocido, llevo en los ojos la neblina de las cumbres que distorsiona y hace incierta la visión, aún así insisto en la búsqueda, la imprecisión me impulsa, es un surtidor de placer que me seduce. Lo exacto ya está, no necesita del hombre, no tiene grises, duerme en la eternidad imperturbable, no se reinventa ni se esculpe, es inmaterial, pura idea utilizable pero inmodificable. Me expatrío de ese territorio con la voluntad ardiente, la imaginación catalizada por la turbidez que en la mirada tienen los ojos de la vida, cuando develan paso a paso el destino, acariciando cada momento los diferentes ropajes de las cosas.

A través de otros ojos no es posible ver el mundo propio, sólo sirven para cimiento los recuerdos de lo vivido. Las historias escuchadas son apenas decorados prescindibles que dan color y brillo prestado, que se ha de trocar muchas veces en el tiempo.
Cuando haces, una pasión excitante te cubre porque partir de la incertidumbre cargado de deseos, hacia la construcción de nuevos caminos, contiene potencia y fuego puro. Eso no se siente en la posesión, los tesoros son más un fardo, incómodo y pesado, que inmoviliza y reduce los espacios. Prefiero perder de vista el valor de los objetos, ya tomé de ellos lo mejor: la lucha por alcanzarlos. No forman parte de mí, ni voy con ellos a lugar alguno, apenas sirven de herramienta para seguir explorando la vida que quiero ir bebiendo.
No me gustan las corbatas porque atrapan el cuello, semejan cadenas de esclavos en fila, vestidos igual y resignados a su pena. La compostura y la rigidez me fastidian, amo lo informal que me permite aleaciones desconocidas, investigar por fuera de la senda, pensar y ser distinto para en verdad poder contar, como se siente el fresco viento de la libertad.