Jamás le vi una asimetría en los pliegues de la camisa perfectamente encajada, la línea del pantalón parecía de estatua y los zapatos perfectamente lustrados sin exagerar brillo. Lucía cabellos engominados peinados hacia un lado, con raya nítida y recta, que no eran capaces de mover ni las brisas de diciembre. Había optado por una vida con sentido, entregando sus pensamientos a Dios, para distraer la mente de aquellos acosos por lo absurdo de existir que lo torturaron tiempo atrás, desde entonces se detuvo en lo concreto, sobrevivía sin sobresaltos y la providencia lo premió con una preciosa mujer madre de una más hermosa hija.
El clima comenzaba a cambiar y el bochorno de mitad de año, encontraba alivio con un ambiente menos húmedo, y la llegada de los frescos vientos del norte. Ese domingo como todos, Antonio salió de casa totalmente vestido de blanco para asistir a la misa de seis de la tarde; Zoyla, su mujer, prefirió quedarse en casa manifestando al marido una impertinente jaqueca que requería mucho silencio y nada de luz mientras los medicamentos hacían su efecto. Los oficios religiosos iniciaron con la activa y devota participación de Antonio que leyó el evangelio y llevó la batuta en los cánticos de alabanza con voz fuerte y convencida, un tanto altisonante. Eran momentos de éxtasis, su espíritu parecía estar en franca conexión con esas dimensiones inalcanzables a los sentidos, la expresión de su rostro y los gestos de entusiasmo se proyectaban a la feligresía contagiando el recinto de santidad y comunión con los deseos del Altísimo. Pasada la eucaristía, la brisa comenzó a filtrarse por los perfiles oblicuamente dispuestos en las ventanas laterales de la capilla, produciendo un suave silbido que anunciaba la lluvia. Antonio oteaba desde las gradas del altar, con mansa severidad en la mirada, a los muchachos apostados en la puerta de la iglesia que practicaban poses para impresionar a las chicas a la salida. De un momento a otro se desató el aguacero. Fue un chaparrón de chorros fuertes pero de apenas escasos minutos y se convirtió rápidamente en una llovizna que amenazaba para toda lo noche. Al, podéis ir en paz del cura Castro, los asistentes desfilaron hacia la puerta principal y la chicas aprovecharon para enviar recados a sus novios furtivos, con miradas de ojos entornados y movimientos disimuladamente libidinosos en los labios. Todo parecía un calco que semanalmente se ponía en escena y lo único que cambiaba era el vestuario y el tiempo. Los Gutiérrez abordaron su viejo Studebaker 54 y partieron en dirección al mismo restaurante chino donde cenaban los cuatro con un Lon Fong Far y cuatro lumpias con salsa agridulce; los Mercado se refugiaron bajo el toldillo de la heladería de Adela y cada uno repitió el cono de su sabor preferido; los Peña, en su portentoso Ford 60 blanco, al que bautizaron “el Palomo” salieron rumbo a la playa hasta el tenderete multicolor donde compraban la carne a la llanera de todos los domingos, y así cada familia y cada quien se acomodaba en su propia e inalterable rutina. Ese día sólo Antonio quebró su costumbre de pasar a la casa cural para conversar con el Padre. Lo hacían sobre temas como las estrategias que deberían asumirse para aplacar el cada día más evidente libertinaje de los jóvenes del barrio que se manifestaba principalmente en la altura de la falda de las muchachas, u otras cosas como las brigadas médicas para los vecinos de los barrios pobres y la organización del dispensario de medicamentos donados por los estudiantes de medicina y los visitadores médicos. Eran cortas veladas al calor de ron blanco con coco, que el Cura envasaba en botellas ámbar de vino de consagrar, dejándole caer unas cuantas gotas de colorante purpura, para usarlo durante la consagración; decía en secreto a su amigo que el sacrificio debía hacerse con los productos locales y que si Jesús hubiera nacido por estas tierras la última cena hubiera sido con ron o aguardiente. En lo que si no era tan chauvinista, y en lo que compartía gusto con Antonio era en la música de fondo de sus conversatorios, siempre amenizados por Chopin, Haydn o Debussy, sobre todo este último de quien repetían con inusitada frecuencia sus Arabesque, Clair de Lune y Le petit Berger. Pensando en la jaqueca de su mujer se despidió del sacerdote, no sin antes prometerle que le enviaría una arepa de huevo de las de Juanita, la gorda y encantadora negra que hacía las delicias de los amantes de las frituras en un garaje desocupado que los Méndez le facilitaban a cambio de que Zabaleta, su marido, les hiciera el jardín cada domingo. Efectivamente llegó a la fritanga compró lo prometido a su amigo y solicitó a Juanita que lo enviara con su nieto, para él pidió dos arepas y dos carimañolas de carne, que eran las preferidas de su esposa y bajo las cada vez más escasas y menudas gotas sin abrir el paraguas y haciendo pequeños sorbos con las que lograban escurrir hasta sus labios, caminó hasta la casa que se hallaba tan oscura que le causó una ligera intimidación, recordó la jaqueca de Zoyla y se tranquilizó, esculcó con dificultad en sus bolsillos y no pudo evitar el tintineo de las llave al caer sobre el piso de la terraza, puso a un lado el paraguas cerrado y asegurando la bolsa de fritos en su mano izquierda, tomó las llaves y al abrir la puerta, algo lo empujó haciéndolo trastabillar sobre la humedad del borde de la terraza hasta caer sentado en la hierba mojada; el bólido tenía la figura de un hombre joven que con el torso desnudo y la camisa en su derecha daba vuelta a la esquina como una exhalación; alcanzó a pensar por un instante en los daños que pudiese haber causado el presunto ladrón e intentó reponerse rápidamente consiguiendo sólo resbalar y de nuevo caer, esta vez hacia adelante, apenas pudo salvar los fritos manteniendo la mano en alto como exhibiendo un trofeo, en ese instante se hizo la luz y apareció Zoyla, pálida, contraída con los cabellos en desorden, cubierta por una bata de baño; trató de auxiliar a su marido tomándolo por los codos de manera que al agacharse y hacer el esfuerzo se desató el nudo de la bata y Antonio pudo ver las todavía firmes carnes de su esposa en desnudez absoluta con la humedad en sus entrepiernas que delataba un apresurado aseo luego de la batalla erótica. No supo que decir ni que sentir, era como si estuviera en el espacio, sin historia ni futuro. Cuenta un taxista que aquella noche condujo a un hombre de las características reseñadas hasta el muelle de los Pegasos donde, mientras tomaba un refresco, pudo observar que hablaba con el que parecía ser el capitán de una de las barquetonas que viajan hacia el Chocó.