Siempre me ha costado la certeza del camino apropiado y conocido, llevo en los ojos la neblina de las cumbres que distorsiona y hace incierta la visión, aún así insisto en la búsqueda, la imprecisión me impulsa, es un surtidor de placer que me seduce. Lo exacto ya está, no necesita del hombre, no tiene grises, duerme en la eternidad imperturbable, no se reinventa ni se esculpe, es inmaterial, pura idea utilizable pero inmodificable. Me expatrío de ese territorio con la voluntad ardiente, la imaginación catalizada por la turbidez que en la mirada tienen los ojos de la vida, cuando develan paso a paso el destino, acariciando cada momento los diferentes ropajes de las cosas.
A través de otros ojos no es posible ver el mundo propio, sólo sirven para cimiento los recuerdos de lo vivido. Las historias escuchadas son apenas decorados prescindibles que dan color y brillo prestado, que se ha de trocar muchas veces en el tiempo.
Cuando haces, una pasión excitante te cubre porque partir de la incertidumbre cargado de deseos, hacia la construcción de nuevos caminos, contiene potencia y fuego puro. Eso no se siente en la posesión, los tesoros son más un fardo, incómodo y pesado, que inmoviliza y reduce los espacios. Prefiero perder de vista el valor de los objetos, ya tomé de ellos lo mejor: la lucha por alcanzarlos. No forman parte de mí, ni voy con ellos a lugar alguno, apenas sirven de herramienta para seguir explorando la vida que quiero ir bebiendo.
No me gustan las corbatas porque atrapan el cuello, semejan cadenas de esclavos en fila, vestidos igual y resignados a su pena. La compostura y la rigidez me fastidian, amo lo informal que me permite aleaciones desconocidas, investigar por fuera de la senda, pensar y ser distinto para en verdad poder contar, como se siente el fresco viento de la libertad.
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