La pregunta fundamental del hombre pasa por la finalidad de la vida. El encargo, objetivo o propósito, son conceptos que hacen rondas periódicas en diversos momentos de la existencia, en algunos genera preocupación mientras otros sienten curiosidad. Los primeros, casi siempre los más arrogantes, se suponen enviados de los dioses para cumplir una misión, ungidos por la voluntad divina para adquirir derechos y capacidades que permitan la consecución de las metas para las que fueron bendecidos. Descubro en ellos un fuerte olor a paranoia y un narcisismo irredimible. Imagino “al creador del universo” escogiendo criaturas para gratificar sus deseos y manipulaciones. Sentirse escogido debe generar una sensación de poder que excluye a los dispares mientras eleva el propio espíritu a la condición de elegido. Yo lo veo distinto, si eres elegido ya eres esclavo como los animales, especialistas que tienen negado el acceso a otras opciones. Los segundos presumen de exploradores, van por ahí llenando el cuerpo y los pensamientos de todas las cosas, cambian de rumbo sin motivos aparentes, no obedecen a rutas definidas sin autoproclamaciones ni pretensiones hasta cuando los ata un sentimiento, entonces se debilitan y ceden al agobio de lo cotidiano y de sus apetencias, definen para sí profesiones u oficios que los llevan por otra vía a asumir un destino. Así las cosas, te imponen las cadenas o te encadenas a placer.
Está plenamente demostrado que hasta los gestos están sometidos al gobierno del genoma, al igual que el fenotipo, las tendencias y casi todo lo que nos caracteriza incluyendo las formas de envejecimiento, el espectro de nuestros enfermedades e inmunidades, en fin, casi todo es una fatalidad que traemos en ese equipaje subcelular, esa biología determinante que comprime las posibilidades. La resultante de este bagaje bioquímico expuesto ante un medio específico y unas circunstancias particulares es una banda estrecha donde se va articulando el espectro de la conducta, de allí surge el carácter y se configura el personaje. He aquí otra cadena cuyos eslabones están hechos de creencias, principios, afectos y apetencias aprendidas.
¿Es posible la libertad humana, el libre albedrío de los cristianos el espíritu libre de los optimistas? Veamos, somos gregarios que necesitamos de pequeñas y grandes sociedades donde tienen que existir reglas y patrones de conducta que proceden del devenir histórico de las comunidades y de la hostilidad del medio en el que interactúan razón suficiente para que nuestras elecciones estén fatalmente condicionadas. La libertad implica una soledad imposible, incompatible con la vida humana que hace a los monjes y ascetas unos narcisos, profetas de un desapego arrogante. Los instintos que gratifican y permiten la existencia en lo individual son expresiones de combinaciones de bases púricas y pirimidínicas con aminoácidos, materia pura imprescindible. No hay gobierno mental posible, cuando mucho una modulación conductual cuya capacidad depende, o mejor, es permitida por las mismas sustancias o sus reacciones estructurales y relacionales. Hasta la locura “liberadora” no deja de ser una fantasía porque ella también está inscrita allí, en ese código que te domina y sólo permite un pequeño juego; alarga la cadena cuando penetras en el grupo neuronal donde explota la cordura.
Otro caso de posible libertad sería el sociópata pero no, es apenas una ilusión del que mira desde afuera. Aquel hombre consciente de lo que hace pero superado por una compulsión a violar las reglas sociales, es más esclavo porque obedece a impulsos sobre los que no tiene control. Un ejemplo bien logrado está en la dramática interpretación de Jack Nicholson en la película “Atrapado sin salida” estrenada en 1975.
Si bien estamos atrapados si salida en el código genético con que nos dotó el azar, hay otros condicionantes de la discutida libertad como son el lugar de nacimiento, los padres, los grupos sociales y económicos, la educación e instrucción, amigos, centros educativos, religión, alimentación, días lluviosos, oscuros o brillantes, LH, estrógenos, testosterona, profesión, arte u oficio; estos y muchísimos más son factores que influyen en nuestra capacidad de elegir sin que podamos tener conciencia de ello. Vienen después las leyes, reglamentos, pasaportes, visas, fanatismos y todo el andamiaje social al que tenemos que adaptarnos o desaparecer. No fumes, no bebas, no pises el césped, no comas esto o lo otro, no trabajes tanto, no trabajes poco, no te entregues a las pasiones y una innumerable colección de prohibiciones entre las que incluso está la de morir cuando quieras y como quieras.
¿Que nos queda diferente a adaptarnos forzadamente? Tal vez los ratos de ensoñación cuando la imaginación llena el pensamiento, vaga y nos cuenta historias no vivibles, vuela y nos transforma a voluntad. Dichosos aquellos que disponen a consciencia de estos momentos y pobres aquellos que no se dan cuenta o los que recurren a sustancias para lograrlo. De otro lado están los que mueren voluntariamente, los que disponen soberanamente de sus vidas sin la presión de los sufrimientos ni del dolor; esos, creo que son mucho menos porque no podemos tener certeza de los motivos reales de tamaña empresa. Acepto pues, que no hay verdadera libertad, que es una bella palabra, inspiradora de loables propósitos, y un sueño inalcanzable pero siempre deseable.
Excelente escrito mi doc,
ResponderEliminarla libertad basada en el respeto a las normas no es ni siquiera remotamente parecida a la placentera libertad del edonismo puro. Las normas que nos rigen coartan los deseos mas puros de todas las orillas de lo aceptado.
muy buena reflexion.