I
La profundidad de la reflexión es directamente proporcional a la distancia de los hechos. Se necesita una mirada tranquila sobre los recuerdos, sin la neblina de los apuros y sin el agobio de la realidad. Los recuerdos van maquillando los hechos, enfatizando lo gratificante y sometiendo lo demás al olvido que nos permite vivir con menos vergüenzas.
II
Los amantes dicen muchas tonterías, pero su máxima estupidez consiste en ponerle cota al amor de los demás. “Nadie te podrá amar más que yo”. Además de presumidos pretenden cercenar la capacidad de que otro amante despierte en ella lo que él despertó en su tiempo.
III
La autoestima muy elevada puede verse vulgar, pedante, liviana o ignorante en los jóvenes; pero en un viejo sólo demuestra que no aprendió nada de la vida.
IV
Las rutinas requieren muy poco trabajo mental y el cerebro se acostumbra a la vagancia, se engorda, destila grasa, pierde la sutileza.
En el principio de su vida, grandes pensadores han propuesto ideas originales, luego se empecinan en la misma línea de trabajo y terminan diciendo tonterías que algunos periodistas convierten en grandezas. Hay que saber ver el final de los ciclos. Así como los aires nuevos, proyectos diferentes obsequian al espíritu con oxigeno puro. Hay que dejar que otros construyan sobre lo inconcluso.
V
He visto con frecuencia que cuando alguien vislumbra una conducta como admirable o valiente en otros y se siente incapaz de imitarla o superarla, opta por ridiculizarla
VI
Repetirse durante toda la vida - la maldición de la mayoría - reduce el espíritu a la tranquilidad propia de las almas mustias, de los espíritus débiles.
VII
Cuando alguien se pregunta por la causa de sus males es porque no quiere saber la respuesta verdadera.
VIII
El rito de los sepelios me parece difícil de sostener racionalmente. El cadáver, sepultado o no, ya no es la persona amada o conocida; entonces, ¿porqué rendir honores a sus despojos? Confundimos los recuerdos con los objetos que se asocian a ellos. ¿No sería mejor hacer los honores a los hermosos recuerdos que representan los mejores momentos, y disponer higiénicamente de los cuerpos muertos?
Es definitivo. Ordeno la cremación de mi cadáver, ahora que puedo.
IX
Es inevitable que el tiempo pase cuenta de cobro a los cuerpos, y aunque es también inevitable pagarlas, lo mejor es asumir el costo sin lamentos inútiles e indignos. De cualquier manera nos vamos muriendo por cuotas, como si quisiéramos acostumbrarnos poco a poco a la desaparición. Por eso la muerte de los viejos que vivieron a plenitud, puede llegar a convertirse casi en una caricia. Por el contrario la muerte de los jóvenes, y más si es repentina, siempre parecerá absurda.
X
Cualquier fe no es más que un producto del miedo.
Pensamiento VII. Cuándo alguien pierde el tiempo preguntándose por la causa de sus males en vez de buscar soluciones a estos, no es que no quiera conocer la verdadera respuesta, es que sabe muy bien que ésta yace en su propia naturaleza y en la estupidez de sus elecciones. Lo sabe y detesta saberlo, por eso mira al cielo buscando un culpable.
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